Voltaire y yo
Por Jimeno Ikérez
Una y mil veces hemos visto estremecedoras secuencias fotográficas en las que no hay nada y de pronto, ¡zas!, allí están los fantasmas (¡qué miedo!), en la pared de un cementerio que un instante antes estaba más sola que un partidario de George Bush en Bagdad. Fotos de noche, mal iluminadas, mal enfocadas, malas de collons, en cualquier cementerio de pueblo perdido en la España profunda, dos calles a la izquierda.
Pero esto, esto es de una magnitud de acojonantez tan vertiginosa que, pese a mi declarado escepticismo, me tiembla la mano al teclear en el ordenador, me tiemblan los párpados al mirar las fotografías in-cues-tio-na-bles y me tiemblan las rodillas al mirar la hora en el Rolex Platinum Meteorite Diamond Masterpiece 2005 de 220 mil dólares que tan bien me va.
Deje de lado sus prejuicios y lea. Era un soleado día cualquiera de febrero de un año cualquiera en la risueña villa de Ferney-Voltaire, en la frontera de Francia con Suiza. El pueblecito, conocido apenas por haber sido el refugio de Voltaire durante años, porque por lo demás no tiene ná, cuenta con un cementerio lleno de muertos, lo cual ya así, de entrada, inspira respeto a quienes buscamos bucear en los misterios profundos todo a pulmón. Allí estaba yo, el salakof calado, el chaleco bien puesto, las botas Panama Jack relucientes, colocando el trípode entre una imponente tumba de mármol negro y un mausoleo con un ángel de cantera rosa que se parecía a una cara de Bélmez como una gota de agua se parece al priorato de Sión, para tomar una serie de fotografías con exactamente el mismo encuadre, cosa que se recomienda hacer cuando uno fotografía cementerios, no sólo para evitar que salgan movidas, sino porque allí suele haber apariciones y hay que estar prevenido, sobre todo si uno escribe en una revista tan prestigiosa como ésta y le han pagado el viaje y las pantagruélicas comidas. Los espíritus son sabios, y no les puede ocultar uno nada.
Levanté los ojos para buscar el horizonte, porque en las fotos me veo de aúpa con esa pose, cuando de pronto, lo vi... ¡y un escalofrío me recorrió desde el occipucio hasta el cóccix, dando una vuelta brusca en mi omóplato derecho y pasándose de frenada brutalmente en los riñones!
Allí estaba un alma descarnada, de hecho, colegí astutamente que la aparición no era otro que Voltaire, rodeado de tres impresionantes orbs y una plétora, una pléyade, una plégida de pequeños orbcitos coquetones y solemnes.
Como poseído por una descarga eléctrica, disparé la cámara cuidando de no mover el trípode.
El orb que estaba detrás de la fantasmagórica figura de Jean-Marie Arouet lo rodeó de forma claramente inteligente hasta quedar frente a él, y automáticamente mi dedo, como si no fuera mío, disparó de nuevo el obturador de la cámara. Mi otra mano, movida por una voluntad ajena, fue a mi bolsillo, aferró la petaca de vodka de emergencia que previsoramente cargo y me administró una sana dosis estremecedora. Mi boca y mi garganta, conjuradas con voluntad propia, tragaron.
El orb se movió mientras Voltaire parecía sonreír. Lentamente, pero de manera súbita, con brusca suavidad, con un aviso inesperado, el espíritu descarnado del enciclopedista con su bastón fantasma y todo, fue desvaneciéndose, dejando a los orbs titilando ante mis atónitos ojos. El dedo, todavía sin control de mi voluntad, disparó de nuevo. La otra mano repostó más vodka.
El cementerio quedó inmóvil y en silencio como un camposanto, como una necrópolis, un lugar de soledad, muerte y frialdad. Recuperé el control sobre mis movimientos y disparé la cámara una cuarta vez... ¡pero ya no había nada allí!
Muchas veces, los escépticos malévolos y enchinchadores sugieren aviesamente que los GIP (grandes investigadores paranormaleros) añadimos a las fotografías imágenes borrosas con objeto de hacerlas pasar por fantasmas... quizás, podría ser, ¡pero esto!... ¡esto resultaba inexplicable y desafiará sin duda hasta a los más recalcitrantes!
Varios expertos en fotografía digital consultados por mí dijeron que es materialmente imposible tomar la primera foto y borrar la imagen de Voltaire y de los orbs sin que queden rastros pixelísticos de la manipulación. No, el fantasma y sus brillantes compañeros habían desaparecido sin más explicación que su origen, misma que revelaré en exclusiva galáctica, en mi próximo libro El cementerio del misterio, esto es algo serio (¡Reserve su ejemplar ahora! ¡Sólo un pequeño recargo de 25€ si lo desea tener firmado!).
Como si fuera una despedida iniciática, un orb distinto, una geobioenergía transgravitacional cuántico-plástica muy distinta de sus tres compañeras, que parecía más bien un orb nodriza, según otro experto que consulté en el Hipercor, bajó rápidamente y lanzó hacia mí un refulgente destello como para decir que me había visto y le complacía, después de lo cual partió mientras yo le arrancaba la postrer gárgara al vodka.
Los remilgados de siempre preguntarán, necios y malévolos... ¿cómo sé yo que el espectro era de Voltaire, de ese enciclopedista ateo que me dejaba así en exclusiva la clara constancia fotográfica infalsificable de su pervivencia al otro lado del velo, negando las tonterías que escribió en vida?
No lo diré yo. Dígalo el lector, viendo esta asombrosa fotografía que tomé de la estatua misma de Voltaire en la calle principal de Ferney-Voltaire y comparándola con la primera que tomé en el cementerio (aunque ambas están ahora siendo sometidas a una comparación digital por ordenador a cargo de los correspondientes expertos, un entomólogo miope y un programador de videojuegos de matamata, para no dejar nada al azar). ¿Acaso puede ser una "coincidencia"?
¿No es el parecido tan increíble, tan asombroso, tan aturullante, tan desafiante del sentido común y tan estupefaciente que su única explicación es la sobrenatural.
Pues eso.
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